
Leguminosas y gramíneas: no todo verde es igual
En el campo muchas veces se habla de “verde” como si todo fuera lo mismo, pero no es así. Las gramíneas —como el raigrás o la festuca— no aportan nitrógeno al suelo, lo necesitan para crecer. En cambio, las leguminosas —como las habas, lentejas, guisantes, tréboles o la alfalfa— son las verdaderas aliadas del suelo: fijan nitrógeno del aire gracias a bacterias del género Rhizobium que viven en sus raíces.
Estas bacterias transforman el nitrógeno atmosférico en formas que las plantas pueden usar, enriqueciendo naturalmente el suelo. Cuando las leguminosas se descomponen, ese nitrógeno queda disponible para los cultivos siguientes.
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Suelo vivo, suelo fértil
El aporte de las leguminosas no solo es químico, también es físico y biológico. Mejoran la estructura del suelo, ayudan a retener humedad, controlan malezas y evitan la erosión. Por eso se usan como cobertura vegetal o “cultivo de servicio”.
Además, el nitrógeno que liberan tiene una ventaja importante: se libera lentamente, alimentando el suelo de manera sostenida, sin depender tanto de fertilizantes sintéticos.
El suelo es como un buen mate: si lo cuidás, rinde mucho más
En verano, rotar es cuidar
En los meses de calor, el suelo suele perder nutrientes por la evaporación, la exposición directa y el laboreo intenso. Ahí es donde la rotación de cultivos juega un papel clave. Alternar leguminosas y gramíneas permite mantener el equilibrio: unas aportan y otras aprovechan.
Esa rotación no solo mejora la fertilidad, también cuida la vida del suelo, que es el corazón de toda producción. Porque en definitiva, sin suelo sano no hay campo que aguante.
¿Qué hacen las LEGUMINOSAS con el NITRÓGENO?
Video
¡Descubra cómo las leguminosas fijan nitrógeno al suelo! El experto, Carlos Portillo, nos cuenta de forma detallada en esta cápsula cómo es posible esto.






