
Por qué hacemos lo que hacemos
Hola, soy el Lagarto Verde otra vez.
De un tiempo a esta parte decidí vivir más relajado, hacer lo que me gusta y lo que sea estrictamente necesario para vivir sin sobresaltos ni estrés.
Por eso la huerta es orgánica, la cerveza artesanal y los asados, con familia y amigos.
Pero eso no quita que, cada tanto, me ponga a pensar: ¿Por qué hacemos lo que hacemos?
Concretamente: trabajar sembrando tomates y hortalizas de manera orgánica.
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Lo local importa
Pocas veces se valora cómo o dónde se produce lo que consumimos.
Cuando comprás producción local, ayudás a tu comunidad, a tu vecino, a tu familia.
Y cuando consumís local y con prácticas que cuidan la salud y el medio ambiente, también cuidás a tus hijos, a tus nietos y a vos mismo.
Entonces me pregunto: ¿Por qué sigo plantando orgánico y, encima, tomates raros? Esos que la mayoría mira y dice: “¡Qué lindos! Pero dame el común…” (Más vale malo conocido, dice el dicho).
Descontando que lo hago por gusto, convicción y coherencia con una forma de vida, está claro que no es por la rentabilidad.
Después de dos años de diversidad sostenida, la huerta se defiende sola
Lo orgánico no es caro ni feo
El sector hortícola —orgánico o convencional— arrastra desde hace años los mismos problemas: costos crecientes, intermediación abusiva y precios de venta que muchas veces no cubren el esfuerzo.
“Lo orgánico es caro” → Falso
No es caro: tiene su costo, como cualquier producción familiar.
En la huerta orgánica, los biopreparados llevan tiempo, pero no son costosos en ingredientes.
Usamos productos como Trichoderma o microorganismos eficientes, que tienen un valor accesible.
En cambio, en la huerta convencional se usan químicos y cada plaga requiere un producto distinto.
El equipo de protección también cuesta: traje impermeable, botas, guantes, lentes, tapaboca…
Y con etiquetas de calaveras y advertencias de toxicidad, muchos igual se exponen a fitosanitarios sin la protección debida.
En la huerta orgánica basta con guantes y tapaboca (más que nada para evitar el olor de los purines).
Usamos productos de uso humano, como la canela en polvo.
Entonces, si se respetan las normas, es más cara la huerta convencional.
El otro punto son las semillas.
En Uruguay hay muy poca semilla orgánica certificada, lo que las encarece un poco.
Pero a partir de ahí, todo lo demás —sustrato, mano de obra, empaque— es igual.
“Lo orgánico es feo” → Falso también
Se dice que los bichos pican las hojas y dejan marcas.
Sí, puede pasar, pero también ocurre en cultivos convencionales.
Y, en última instancia, la UAM clasifica y pone precios según el porcentaje de daño, no según si es orgánico o no.
Así se cae el mito de que lo orgánico es caro o limitado a pequeña escala.
En El Mecenas, cada año ampliamos superficie sin mayores sobresaltos de plagas.
El clima, bueno… ese es otro cantar.
Cuando la tierra se defiende sola
En la agricultura convencional, al perder biodiversidad, cada año se necesita más químico.
Eso significa más contaminación y rendimientos cada vez más bajos.
En la huerta orgánica ocurre lo contrario: con manejo agroecológico, el equilibrio se fortalece.
Después de un par de años, los ataques bajan, se aplican menos preparados y los rendimientos mejoran.
Muchas plagas aparecen porque en los campos vecinos se fumiga, y los insectos escapan hacia donde no hay veneno, rompiendo el equilibrio.
Pero después de dos años de diversidad sostenida, la huerta se defiende sola.
Los números del tomate
Para obtener 10 kilos de tomates necesito unas cinco plantas, que en el caso de los tomates antiguos significan unos $25 en semillas (en el convencional, unos $20).
Cuidarlas durante los 150 días de su ciclo, podarlas, entutorarlas, regarlas y mantener el invernáculo lleva muchas horas de trabajo, y ese esfuerzo rara vez se refleja en el precio final.
En Paysandú, los costos logísticos también pesan: combustible, vehículo, mano de obra.
Con esos gastos, cada kilo de tomate deja menos margen del que uno imagina.
Por eso, muchos horticultores familiares están dejando el tomate y pasando a cultivos de hojas y aromáticas, con ciclos cortos, inversión menor y menos riesgo.
Es una forma de adaptarse a un sistema que premia el monocultivo, el volumen y la infraestructura, donde la huerta familiar no tiene escala.
“No se trata de una mala zafra: el modelo mismo es inviable para el productor familiar.”
La hoja no se salva
Tampoco es fácil la producción de hojas.
Una lechuga tiene un ciclo de 45 a 60 días.
Sumando semillas, riego, bioinsumos y mano de obra, el costo ronda entre $15 y $20 por planta, siempre que el clima y las plagas acompañen.
El intermediario: necesario, pero injusto
Después están los intermediarios.
Uf, qué tema.
Se necesita un nexo entre productor y consumidor, sí, pero la mayoría pagan precios irrisorios al productor y venden caro al público.
Ni hablar de los productos importados: tomates que llegan desde China, después de semanas en barco, se venden en Paysandú como si nada.
¿Alguien se pregunta cuánto tiempo viaja un tomate hasta llegar a su mesa?
Se insiste desde algunos programas en el modelo de productor feriante, el que produce, prepara y vende.
Con el Carpincho lo hablamos muchas veces: no es la solución, es otro problema.
La feria franca de Paysandú, por ejemplo, funciona martes, jueves y domingo.
Para estar ahí, el productor tiene que preparar la mercadería el día anterior, ir temprano, vender (si tiene suerte) y luego salir a colocar el excedente, bajando precios.
El miércoles trabaja, pero ya tiene que preparar para el jueves.
Así, solo le queda el viernes para dedicarse de lleno a la huerta.
Ese ritmo agota y quita tiempo productivo real.
El intermediario debe existir, pero no puede comprar una lechuga a $15 y venderla a $40, o traer desde fuera y poner ofertas donde se venden dos por $25.
Las cosas tienen un valor, además de un costo.
Si alguien decidió producir sin químicos, cuidar la salud de su familia y la del consumidor, eso debe valorarse.
Hay mucho para hablar, pero por ahora lo dejo acá.
Cuando vayan a comprar, miren más allá de las monedas de diferencia entre un producto y otro.
Consuman de estación, consuman local, cuiden su salud y defiendan la producción familiar.
Porque detrás de cada lechuga o tomate que llega a la mesa, hay una historia de trabajo, paciencia y convicción.
Datos y fuentes
Tomate redondo (UAM, nov 2025): $55 – $75 UYU/kg (categoría I, Montevideo).
Lechuga cabeza estándar (UAM, nov 2025): $35 – $45 UYU/unidad.
Rendimiento de tomate en invernáculo (INIA, sur del país): 10,9 kg/m² – ciclo 150-200 días.
Flete litoral–Montevideo (UAM, oct 2025): $33-$55 UYU/cajón; envase PET 500 g = $7,5-$9 UYU.
Costo de producción hortícola (MGAP/OPYPA, 2020): Mano de obra ≈ 45 % del costo total.
Fuentes:
Unión Agropecuaria Mercantil (UAM) – Boletín de precios mayoristas (6 nov 2025) y Boletín de costos operacionales (oct 2025).
INIA – Revista INIA 58, setiembre 2019: Producción de tomate en invernáculo.
MGAP / OPYPA – Actualización de costos hortifrutícolas 2020.
Escuchá y mirá: voces, prácticas y saberes agroecológicos
Video
El Ing. Pablo Pacheco, de la UAM, analiza cómo el aumento de oferta impacta en la rentabilidad de los productores y profundiza la crisis de los pequeños horticultores.
Crédito: UAM TV – (YouTube, 7 ene 2025)
Video
Fernando, productor de Sauce (Canelones), comparte su experiencia al dejar la producción convencional y pasarse a la agroecología certificada, un cambio que transformó su forma de trabajar y su calidad de vida.
Crédito: Red de Agroecología del Uruguay – (YouTube, 24 ago 2021)
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