
Un llamado global para proteger la biodiversidad agrícola
Una carta enviada desde Bruselas por varias organizaciones europeas dedicadas a la agricultura, la biodiversidad y la mejora vegetal volvió a poner sobre la mesa un tema que Uruguay conoce bien: el futuro de las semillas y cómo se regula el Material de Reproducción Vegetal (MRV). Aunque el documento está dirigido a los ministros de Agricultura de la Unión Europea, sus planteos tienen fuerte eco en nuestro país, donde la producción familiar, la agroecología y la investigación pública son pilares históricos del sistema agropecuario.
El intercambio internacional de conocimientos y normas en torno a las semillas no es un asunto lejano. Afecta al comercio, a la investigación, a la adaptación al cambio climático y, sobre todo, a la seguridad alimentaria. Por eso, lo que hoy se discute en Europa abre una ventana para que Uruguay reflexione sobre cómo proteger sus recursos genéticos y fortalecer su soberanía alimentaria.
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Biodiversidad cultivada: la llave de la resiliencia
opea advierte sobre algo que preocupa a nivel global: la pérdida acelerada de diversidad genética en los cultivos. La mayoría de las variedades tradicionales desaparecieron en pocas décadas, mientras la producción se concentra en un puñado de especies comerciales.
Para Europa —y también para Uruguay— mantener una amplia biodiversidad cultivada es clave para:
- enfrentar mejor los cambios climáticos,
- evitar daños por plagas y enfermedades,
- sostener sistemas productivos variados,
- y asegurar alimentos estables y nutritivos.
El mensaje es directo: sin diversidad genética no hay resiliencia, y sin resiliencia no hay futuro productivo sostenible.
Sin diversidad genética no hay resiliencia, y sin resiliencia no hay futuro productivo sostenible
El derecho a la semilla, una tradición en riesgo
Otro punto fuerte del documento europeo es la defensa del derecho de agricultores y agricultoras a guardar, reutilizar e intercambiar sus semillas. Esta práctica, tan vieja como la agricultura misma, sigue siendo esencial para las familias rurales, los sistemas agroecológicos y las redes comunitarias de semillas.
Las organizaciones firmantes alertan sobre posibles normativas que podrían volver burocrática o incluso restringir esta práctica. La defensa se apoya en acuerdos internacionales como el TIRFAA, el Convenio de Diversidad Biológica y la Declaración de Derechos de Campesinos de la ONU.
En Uruguay, donde miles de familias mantienen semillas criollas y nativas, este reclamo toca de cerca.
Variedades de conservación: un patrimonio que vive en el campo
La carta también pide facilitar el registro y uso de variedades tradicionales o nuevas que no sean híbridos comerciales ni estén sujetas a propiedad intelectual. Estas variedades forman parte del patrimonio rural y cumplen un rol fundamental en:
- la producción familiar,
- sistemas agroecológicos,
- ferias e intercambios de semillas,
- y proyectos de investigación pública.
Son materiales adaptados a suelos, climas y realidades locales, y por eso aportan directamente a la soberanía alimentaria del territorio.
El derecho a guardar e intercambiar semillas es una práctica ancestral que sostiene la soberanía alimentaria
Evaluar en condiciones reales: una necesidad urgente
Otro reclamo es que los ensayos de variedades se hagan en condiciones que reflejen la realidad del campo: sistemas ecológicos, de bajos insumos y en ambientes exigentes.
Para Uruguay, que viene avanzando en prácticas más sostenibles y que debe enfrentar cada vez más eventos climáticos extremos, esta recomendación es más que pertinente.
Pequeñas empresas y emprendimientos semilleros: un actor clave
El documento advierte que nuevas exigencias administrativas podrían afectar a pequeñas empresas y emprendimientos semilleros, que suelen ser quienes mantienen vivas variedades menos comerciales pero fundamentales para la diversidad agrícola.
En Uruguay, este tejido está compuesto por emprendimientos locales, organizaciones civiles y el trabajo de instituciones como el INIA, la Facultad de Agronomía y organizaciones sociales como la Red de Semillas Nativas y la Red de Agroecología del Uruguay, que sostienen buena parte de la diversidad que llega a chacras y huertas.
Transparencia para decidir mejor
La carta europea también pide asegurar que los métodos de obtención de semillas y los derechos de propiedad intelectual sean públicos y accesibles.
La transparencia ayuda a evitar concentraciones excesivas, permite tomar decisiones informadas y fortalece la confianza entre productores, técnicos y mejoradores.
Un mensaje que también es para Uruguay
Lo que plantea esta carta no pasa desapercibido para nuestro país. Uruguay tiene:
- una tradición fuerte en mejora vegetal pública,
- una producción familiar que es base del sistema,
- semillas criollas que forman parte del patrimonio cultural,
- una agroecología que crece año a año,
- y una presión climática cada vez más evidente.
Tenemos las herramientas, la ciencia y la experiencia para liderar un modelo de producción apoyado en diversidad, innovación y sostenibilidad. Pero para eso se necesitan señales claras y decisiones políticas consistentes.
Una oportunidad que vale aprovechar
La carta europea es, en definitiva, un llamado global a repensar cómo producimos, intercambiamos y regulamos nuestras semillas.
Para Uruguay, puede ser una oportunidad estratégica para:
- reforzar su liderazgo regional en producción sostenible,
- mejorar su marco normativo,
- proteger sus recursos genéticos,
- y asegurar alimentos sanos para las generaciones que vienen.
El camino no es fácil, pero el país tiene con qué enfrentarlo.
Uruguay tiene la ciencia, la tradición y la experiencia para liderar un modelo basado en biodiversidad e innovación
Si quieres leer la carta entera: haz clic aquí.
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